Mi cuerpo cambió en cuatro meses. El trabajo, el miedo y la forma en que estaba intentando anestesiar el dolor seguían allí.

Nota sobre esta historia: cuento lo que hice, no lo que otra persona debería hacer. No conservo registros de peso ni de calorías, por lo que las cifras son aproximadas. Mi pérdida de peso fue rápida, el déficit fue demasiado agresivo y hoy no repetiría aquel proceso de la misma manera.

En mayo de 2023 estaba en el baño de la fábrica, durante el descanso del almuerzo. Había bebido tanto que me dolían las piernas y sentía náuseas.

Levanté la cabeza y me miré al espejo.

Tenía el rostro hinchado y enrojecido. Pero lo que más me golpeó no fue el peso. Fue no reconocer a la persona que me estaba mirando.

Yo siempre había disfrutado el deporte. Había entrenado en parques cuando no podía pagar un gimnasio. Había buscado alimentos económicos, estudiado por internet y completado una formación privada relacionada con el entrenamiento. Sabía, al menos en teoría, qué estaba ocurriendo con mi cuerpo.

También sabía por qué bebía.

No bebía para acompañar la comida ni para disfrutar una cerveza. Podía llegar a beber cerca de cuatro litros durante las dos horas de descanso, casi a diario. Bebía rápido porque quería emborracharme y dejar de sentir, aunque fuera durante un rato.

Frente a aquel espejo pensé:

No puedo permitirme ser esto ahora.

No estaba juzgando el cuerpo de otra persona. Ni siquiera estaba diciendo que mi valor dependiera de estar delgado. Me estaba diciendo que no quería seguir desapareciendo dentro de lo que estaba viviendo.

Aquella decisión cambió mi cuerpo con una rapidez que desde fuera podía parecer un éxito.

El problema es que mi vida no empezó a mejorar con la misma rapidez.

Antes del espejo

Cuando llegué a España con veinte años ya me gustaba entrenar. No tenía mucho dinero, pero todavía encontraba margen. Utilizaba parques, comía cosas sencillas como avena y productos de marca blanca y seguía buscando trabajos mientras intentaba conservar una rutina.

Las condiciones fueron cambiando. Trabajé lavando platos, en construcción y en empleos inestables. Más adelante conseguí jornadas más largas y fui dejando el entrenamiento. Algunas veces lograba hacer una sesión; otras podían pasar quince días sin entrenar.

También bebía más cerveza. Aunque me movía durante el trabajo, consumía más energía de la que gastaba y empecé a subir de peso. El cambio más fuerte ocurrió después de entrar en una fábrica, en abril de 2022.

Allí podía pasar diez horas de pie y en movimiento. El descanso del almuerzo era normalmente de dos horas, aunque algunas veces mi jefe me pedía trabajar una parte o incluso todo ese tiempo. Entre el turno y los desplazamientos, gran parte del día ocurría fuera de casa.

Desde fuera podía parecer imposible ganar peso con tanta actividad. Pero moverse mucho no anulaba lo que estaba ocurriendo. Bebía grandes cantidades de cerveza, había dejado de entrenar y comía por encima de lo que mi cuerpo necesitaba. Sobre todo, había convertido el alcohol en una manera de soportar el día.

Según mis recuerdos, llegué a pesar entre 99 y 102 kilos. Durante aquellos primeros años había subido aproximadamente entre veinte y veinticinco. No fue el desgaste lo que me hizo perderlos. Primero fue una acumulación gradual y, después, una intervención deliberada y extrema.

Para comprender por qué continué en aquel empleo hay que mirar algo más que mi voluntad.

El contrato que necesitaba presentar

Para mi trámite de residencia necesitaba presentar un contrato.

Según el acuerdo que él me había planteado, mantendría aquel contrato mientras yo continuara trabajando en la fábrica.

No presento aquella frase como una explicación de lo que exigía la ley. Cuento la condición que él me había planteado y cómo la viví yo. En ese momento interpretaba que dejar el empleo podía hacerme perder la posibilidad de regularizarme que tenía al alcance.

Cuando finalmente pude trabajar de manera legal, esa dependencia administrativa terminó. La dependencia mental no.

Seguí allí hasta octubre de 2023. Sentía que le debía algo a mi jefe por haber mantenido el contrato. También le había dado autoridad a frases que me repetía: que no encontraría un lugar mejor, que no estudiara, que no pensara tanto, que debería sentirme contento trabajando allí.

Con el tiempo empecé a creerle.

No recuerdo que me comunicaran un diagnóstico de depresión y no quiero asignármelo ahora. Puedo decir algo más preciso: me había vuelto apático, funcionaba de manera automática y no encontraba sentido a la vida que imaginaba por delante. Pensaba que mi futuro podía ser pasar veinte años en aquella fábrica.

Esa es la parte de la historia que cuento con más amplitud en La realidad de migrar cuando sientes que no puedes fallar. En este momento basta con entender la contradicción: tenía cada vez menos control sobre mi trabajo y mi vida, así que intenté recuperarlo donde todavía creía posible.

En mi cuerpo.

Cuatro meses de control

A los dieciséis años, un vecino al que aquí llamaré Andrés me había dicho algo que tardé años en comprender. Él trabajaba duro y, cuando yo le preguntaba por qué no entrenaba, me respondía que algún día, cuando me tocara trabajar de verdad, entendería que no tendría tiempo ni ganas.

En la fábrica recordé aquellas palabras.

Andrés tenía razón sobre el cansancio. Yo no tenía ganas. Ya pasaba el día de pie, cargando y moviéndome. Entrenar no aparecía como una necesidad natural después de aquello; era otra exigencia añadida a un cuerpo agotado.

Pero en vez de utilizar ese recuerdo para juzgarlo o para juzgarme, lo convertí en un desafío personal: necesitaba comprobar que todavía podía decidir algo.

Dejé de beber durante aquella etapa. Organicé una alimentación muy repetitiva para poder calcular mejor las calorías y reduje la comida de forma agresiva. Utilizaba parte del descanso del almuerzo para correr hasta el gimnasio, entrenar pesas y regresar en transporte público. Lo hacía aproximadamente cuatro o cinco días por semana.

No siempre tenía tiempo para asearme antes de volver. Regresaba sudado, continuaba trabajando y terminaba el día cubierto de polvo. Durante esos meses mi cuerpo no solo soportaba el turno: también soportaba el entrenamiento y una restricción de comida que hoy considero excesiva.

Según mis recuerdos, pasé de aproximadamente 99–102 kilos a unos 78–80 en cuatro meses. No conservo registros que permitan precisar cada cifra ni calcular ahora el déficit exacto. Sí sé que restringí demasiado la comida y que hoy no elegiría para mí un proceso así.

El espejo empezó a devolverme una imagen diferente. Me veía delgado, definido y otra vez reconocible como alguien relacionado con el deporte.

Por primera vez en mucho tiempo sentí que estaba ganando una batalla.

Pero había elegido librarla casi toda dentro de mi cuerpo.

El resultado era visible. El coste, mucho menos

Perder peso sí tuvo un significado para mí. Me demostró que no había perdido por completo mi capacidad para tomar decisiones. Volví a utilizar conocimientos que había mantenido vivos durante años y recuperé una parte de mi identidad.

No quiero fingir que aquello no valió nada.

El problema fue creer que ese resultado podía resolver lo que lo había provocado.

Mi realidad laboral seguía siendo la misma. Continuaba sintiendo miedo de renunciar. Las palabras de mi jefe seguían entrando en mi cabeza. Yo estaba más delgado, pero también agotado, con hambre y cada vez más triste. Al dejar de utilizar el alcohol para producir alivio, los días se volvieron más grises.

No sé si aquel consumo había producido dependencia física; no recuerdo que me comunicaran ese diagnóstico. Tampoco puedo afirmar que haberlo interrumpido de golpe causara lo que ocurrió después. Solo puedo contar la secuencia con honestidad: dejé de beber durante los meses de la pérdida de peso y, cuando comprobé que mi cuerpo había cambiado pero mi vida seguía igual, volví a beber.

La recaída no fue pequeña.

En septiembre de 2023, después de salir del trabajo, bebí aproximadamente entre quince y veinte cervezas y perdí la conciencia. Fue un episodio concreto, no algo que me ocurriera cada día. También había empezado a fumar.

Yo había conseguido demostrarme que podía parecer una persona fitness mientras trabajaba bajo aquellas condiciones. Sin embargo, ya no podía ocultar la otra verdad: estaba intentando sostener demasiado por mi cuenta.

El cuerpo que veía en el espejo había cambiado.

La persona que estaba intentando sobrevivir detrás de él seguía necesitando ayuda.

No salí solo

Mi pareja llevaba tiempo diciéndome que no creyera todo lo que mi jefe decía sobre mí. También fue quien entendió que yo necesitaba ayuda cuando todavía no sabía pedirla.

Después del episodio de septiembre y de meses de miedo, dejé la fábrica en octubre de 2023. Para entonces ya podía trabajar legalmente, pero aún sentía que estaba traicionando una deuda moral. Renunciar también significó aceptar que aquel contrato no convertía mi vida en propiedad de nadie.

Una semana después hablé online con una psicóloga colombiana. Fue una sola sesión. Mi pareja y mi familia me ayudaron a pagarla.

No presento esa sesión como una cura instantánea. Importó porque hizo visible algo que durante demasiado tiempo intenté resolver únicamente con disciplina: necesitaba que otras personas me ayudaran a mirar lo que estaba viviendo.

Al salir de la fábrica pensé seriamente en volver a Colombia. Había terminado asociando el trabajo con el maltrato y creía que cualquier relación laboral terminaría pareciéndose a aquella. Tenía algunos ahorros y, por primera vez en mucho tiempo, unas semanas para respirar.

Aproximadamente dos semanas después de renunciar encontré un empleo en el sector del fitness. Haber estudiado por internet y haber mantenido una relación con el entrenamiento durante los años difíciles contribuyó a que pudiera aprovechar esa oportunidad.

No fue una recompensa automática por haber sufrido ni una prueba de que basta con atreverse a dejar un trabajo. Yo tenía ahorros, formación, experiencia, una pareja que me sostuvo y una oportunidad que pudo no haber llegado tan pronto. Lo que cambió fue que el nuevo empleo me permitió conocer una relación laboral distinta y empezar a recuperar paz y estabilidad.

Decir que lo conseguí solo borraría precisamente una de las cosas más importantes que aprendí.

Lo que esta historia no enseña

Esta no es una historia sobre cómo perder veinte kilos en cuatro meses.

No recomiendo beber para soportar un trabajo. Tampoco recomiendo compensarlo con un déficit extremo, ayunos largos y entrenamiento bajo agotamiento. Hacer algo difícil no lo convierte automáticamente en algo saludable.

Si una persona bebe grandes cantidades con frecuencia o cree que puede existir dependencia física, mi decisión de dejarlo de golpe no debe utilizarse como ejemplo. La abstinencia puede requerir atención médica y, en casos graves, ser peligrosa. El NHS recomienda buscar orientación antes de dejar de beber cuando existe dependencia, y el NIAAA explica los riesgos y la importancia de una evaluación adecuada.

Hoy no digo que nunca beba. Puedo tomar alcohol en momentos puntuales y sociales. La diferencia que reconozco en mí no está solamente en la bebida: ya no la busco como entonces, con la necesidad de emborracharme para evadir la realidad.

También entiendo el cuidado del cuerpo de otra manera. Para mí, en aquel momento, significó entrenar y cambiar mi alimentación. Para otra persona puede significar descansar, acudir a un profesional, reducir una exigencia o aceptar que no dispone del mismo margen. Ninguna báscula puede medir por sí sola si una vida se está reconstruyendo.

Si buscas una cifra inicial para entender tu propio gasto energético, preparamos una calculadora avanzada de calorías que explica de dónde sale la estimación, su incertidumbre y cómo ajustarla con el tiempo. No reproduce lo que hice yo ni convierte una fórmula en una prescripción.

Por eso ahora, cuando observo el cuerpo, el trabajo, el dinero y la identidad, intento no utilizar un solo resultado como explicación de todo lo demás.

Perder alrededor de veinte kilos me devolvió una sensación de control. Salir de aquel entorno, aceptar ayuda y construir otras condiciones empezó a devolverme algo más importante: la posibilidad de decidir qué hacer con mi vida.

En eso consiste para mí ser fuerte sin convertir la fortaleza en aguantarlo todo.

Mi cuerpo cambió en cuatro meses. Aprender que no tenía que salvarme solo tardó más.

Fuentes consultadas

  1. Alcohol support — NHSConsultada el 24 de agosto de 2026
  2. Alcohol Use Disorder: From Risk to Diagnosis to Recovery — National Institute on Alcohol Abuse and AlcoholismConsultada el 24 de agosto de 2026