Reflexión
No todos los migrantes empezamos desde el mismo lugar
Compararte con otros migrantes puede hacerte sentir atrasado. Los papeles, los recursos y la red de apoyo cambian el camino y la medida del progreso.
Anderson · Fundador y primer autor
Llegué a Madrid en 2019, con veinte años. Durante cuatro años viví sin papeles. Esta no es la historia de alguien que lo consiguió todo solo. Es la historia desde la que escribo y la razón por la que fundé Migrante Fuerte.
De dónde vengo y por qué emigré
Soy colombiano. Crecí sabiendo que muchas decisiones también dependen del dinero disponible.
Antes de emigrar terminé una formación oficial como tecnólogo en Negocios Internacionales en el SENA. Quería continuar estudiando, pero las opciones eran pocas. Para acceder a una educación superior habría tenido que endeudarme y yo no quería comenzar mi vida adulta acumulando una deuda que no sabía cómo iba a pagar.
Entonces apareció otra presión. Durante un control normal en mi ciudad natal, unos militares comprobaron mis datos y mi edad. Después me entregaron una citación para definir mi situación militar.
En la fábrica donde trabajaba también me exigieron el certificado militar para poder continuar. Las opciones que veía eran prestar un año de servicio o demostrar que seguía estudiando. Probablemente, sin aquella situación, no habría emigrado en ese momento.
Entre prestar el servicio militar, endeudarme para estudiar o intentar construir algo fuera del país, vi más oportuno viajar a España.
La experiencia, no la medalla
No cuento esos cuatro años como una medalla. Haberlos soportado no me hace mejor que nadie ni demuestra que el sufrimiento sea necesario para crecer.
Trabajé en la construcción y en otros empleos con pocas garantías. Hubo salarios bajos, jornadas difíciles, maltrato laboral y discriminación. Trabajé aproximadamente dos años para una persona mientras esperaba una oportunidad de regularización que finalmente no llegó. Después conseguí trabajo en una fábrica y, mientras estaba allí, obtuve la residencia.
Podía trabajar durante diez horas. Si sumaba los desplazamientos y el tiempo que permanecía fuera para evitar el piso compartido, algunas veces salía a las seis de la mañana y no regresaba hasta las nueve de la noche.
No siempre estaba fuera porque tuviera algo importante que hacer. A veces me detenía en un parque. Otras entraba en una tienda y compraba cerveza. Durante un rato, beber me ayudaba a fabricar una sensación de alivio que no encontraba en otros lugares.
Durante aquellos primeros años mi cuerpo también cambió: subí entre veinte y veinticinco kilos.
Fueron cuatro años de mi vida. No son toda mi identidad.
La documentación resolvió un problema real. Me dio derechos y posibilidades que antes no tenía. Pero los papeles no borraron automáticamente todo lo que había ocurrido antes.
Trabajo, formación, fe y entrenamiento
No podía permitirme una formación presencial, pero hice cursos gratuitos y estudié por internet. Escuchaba pódcast durante los desplazamientos o mientras trabajaba, cuando las condiciones lo permitían.
También completé online una formación privada que combinaba coach deportivo y entrenador personal. No equivalía a una acreditación profesional reconocida en España, pero para mí significaba algo importante: la falta de documentos no iba a decidir todo lo que podía aprender.
Entrené en parques. Hubo épocas en las que el desgaste no me permitía hacerlo varias veces por semana. Si solo podía entrenar una vez, intentaba que esa vez siguiera existiendo.
Más adelante, todavía trabajando en la fábrica, decidí recuperar algo de control sobre mi cuerpo. Dejé el alcohol, cambié mi alimentación y utilicé mi hora de descanso para entrenar. Con el tiempo perdí alrededor de veinte kilos. Fue una decisión personal, no una receta ni una prueba de que otras personas deban hacer lo mismo.
Cuento el contexto completo al mirar el cuerpo, el trabajo, el dinero y la identidad por separado →
Cuando apareció algo de margen, comencé a invertir cantidades pequeñas. Cincuenta euros podían parecer insignificantes, pero para mí representaban la posibilidad de pensar un poco más allá del mes siguiente.
Siempre tuve una fe profunda. Cuando mi vida empezó a empeorar y no encontraba una salida, esa relación se deterioró. Me esforzaba, intentaba actuar bien y aun así recibía maltrato y discriminación. Durante un tiempo perdí parte de mi confianza en las personas y me costaba comprender por qué mi vida parecía hacerse cada vez más pequeña.
Años después, desde una posición más estable, pude mirar atrás y reconocer algo que entonces no veía: no todas las personas habían sido malas conmigo. Mi pareja y otras personas me ayudaron en momentos importantes. Yo no había recorrido todo el camino solo.
También pude ver que algunas cosas que parecían demasiado pequeñas habían seguido creciendo: un entrenamiento, un curso, una cantidad modesta invertida, una decisión de no abandonarme por completo.
Yo atribuyo a Dios la paciencia que me permitió mantener algunas de esas semillas vivas durante años, incluso cuando todavía no podía ver sus frutos. Esa es mi interpretación personal. No es una doctrina de Migrante Fuerte ni una respuesta que quiera imponer a otras personas.
Lo que ocurrió después
Conseguir la residencia amplió mis opciones, pero no cambió de un día para otro la forma en que me veía. La fábrica fue el punto de mayor desgaste emocional. Durante un tiempo di autoridad a una voz que me decía que no encontraría nada mejor y terminé creyendo que no merecía una vida diferente.
No recibí un diagnóstico profesional y no quiero asignarme uno ahora. Lo que sí puedo decir es que me había vuelto automático y había dejado de encontrar sentido a la vida que imaginaba por delante.
Desde la estabilidad empecé a comprender que los papeles habían resuelto algo real, pero no podían procesar por mí todo lo vivido. También entendí que haber conservado la calma cuando tenía poco margen no me hacía débil. No agradezco el daño ni creo que fuera necesario.
Aquella etapa abrió una pregunta que después estaría en el origen de Migrante Fuerte:
¿Quién soy cuando sobrevivir ya no ocupa toda mi vida?
Leer la historia completa: La realidad de migrar cuando sientes que no puedes fallar →
Por qué fundé Migrante Fuerte
Migrante Fuerte no nació en una tarde ni a partir de una revelación perfecta. Nació poco a poco, mientras escribía, ordenaba recuerdos e intentaba comprender mi comportamiento y el de otras personas.
Después de sobrevivir apareció otra pregunta: ¿qué quiero hacer ahora con mi vida y con mi tiempo?
La estabilidad podía conducirme por caminos diferentes. Podía seguir anestesiándome, vivir únicamente para compensar los años difíciles o convertir lo conseguido en una forma de presumir. También podía utilizar el dolor como permiso para colocarme por encima de otros.
No quería construir desde esos vacíos hasta regresar, de otra manera, al mismo estado de supervivencia.
Tampoco quería adoptar la identidad del “migrante exitoso”. No rechazo el éxito ni la estabilidad. Rechazo utilizarlos como superioridad moral o contar mi historia como demostración de que quien todavía sufre no se ha esforzado lo suficiente.
Más adelante convertí esa tensión en una reflexión sobre compararnos con otros migrantes: admirar una vida no obliga a utilizarla como regla para medir la propia.
Yo recibí ayuda. Tuve oportunidades que otras personas quizá no tuvieron. Y hubo decisiones personales que solo puedo explicar desde mis circunstancias.
Migrante Fuerte fue una de las respuestas que encontré. Es una manera de utilizar una parte de mi tiempo en algo que pueda ser útil para otros y, al mismo tiempo, saludable para mí. Me permite procesar experiencias, convertirlas en conocimiento y dejarlas disponibles para quien pueda necesitarlas.
Pero Migrante Fuerte no es toda mi vida. Hoy trabajo en el sector del fitness. También me interesan la tecnología, la inversión y otros proyectos. La editorial es otra parte de mi vida: una parte que me aporta propósito, no una nueva identidad en la que deba encerrarme.
Yo soy su fundador y su primer autor, pero mi historia no es su doctrina. Migrante Fuerte puede publicar otras voces, otras decisiones y otras formas de construir una vida propia.
La pregunta que nos une no es “¿cómo consigo la vida correcta?”, sino “¿cómo construyo una vida propia con las circunstancias que tengo?”.
Desde dónde puedo hablar
Puedo hablar de lo que viví: trabajar sin papeles, sentir que no podía fallar, aceptar condiciones injustas porque mis opciones eran limitadas y descubrir que conseguir la residencia no reparaba inmediatamente el daño acumulado.
También puedo hablar de las cosas que a mí me ayudaron: entrenar, aprender, ahorrar, comenzar a invertir poco a poco, aceptar ayuda, revisar mis decisiones y reconstruir mi relación con Dios.
Haber vivido cuatro años sin papeles no me convierte en abogado de extranjería. Haber empezado a invertir no me convierte en asesor financiero. Entrenar y trabajar en el sector del fitness no me autoriza a sustituir la atención sanitaria.
Cuando Migrante Fuerte publique información legal, financiera o de salud, distinguirá la experiencia personal de la orientación profesional e identificará las fuentes y revisiones necesarias.
Escribo desde el lugar de alguien que emigró, sobrevivió, recibió ayuda, consiguió estabilidad y después tuvo que aprender qué hacer con ella. Ese es el alcance de mi voz. También es su límite.
La historia continúa
Quizá encuentres una pregunta, una experiencia o una idea que te ayude a mirar tu propia historia con algo más de claridad.
Textos de Anderson
Reflexión
Compararte con otros migrantes puede hacerte sentir atrasado. Los papeles, los recursos y la red de apoyo cambian el camino y la medida del progreso.
Reflexión
Una reflexión sobre cómo reconstruir una vida propia cuando sobrevivir ha ocupado gran parte de ella y la migración ha cambiado el camino.
Historia
Conseguir papeles, trabajo y una vida tranquila resuelve mucho, pero no sustituye la pertenencia, la comunidad ni la historia compartida.