Recuerdo que, hacia el domingo, llamaba a mi jefe para preguntarle si había trabajo.

A veces esperaba a que me llamara él. La llamada no llegaba, terminaba llamando yo y resultaba que sí había trabajo. También recuerdo pasar dos o tres días sin noticias. Sentía que tenía que estar demostrando mi interés por trabajar, cuando ese interés ya lo tenía.

Era parquetista en Madrid, acuchillaba suelos y no tenía papeles. Trabajábamos según los encargos, sin un horario fijo ni una semana de trabajo clara: podía haber tres semanas con trabajo y otra con bastante menos, aunque también había meses completos.

Yo procuraba estar disponible para el día siguiente. Esa incertidumbre condicionaba cuándo podía descansar, quedar con alguien o hacer planes para los próximos días, incluidos sábados y festivos.

Si surgía un encargo, quería que contara conmigo. Necesitaba conservar aquel ingreso y esperaba que, con el tiempo, también apareciera una oportunidad para regularizarme.

Ahí estaba la dificultad: trabajar más podía ayudarme a conservar el empleo, pero conseguir mis papeles dependía de otras condiciones que mi esfuerzo no resolvía.

Tenía que esperar, pero también tenía que vivir

Llegué a Madrid en mayo de 2019, con veinte años. Empecé a trabajar con aquel autónomo aproximadamente a finales de ese año y seguí con él hasta algún momento de 2022.

Yo tenía en mente solicitar la residencia por arraigo social. Aquella vía exigía entonces tres años de permanencia, además de otros requisitos. Cumplir el plazo no daba residencia automáticamente. Hablo de la normativa de aquellos años.

La espera se contaba en años, pero yo necesitaba ingresos cada mes. Tenía que encontrar una forma de sostenerme mientras llegaba la posibilidad de solicitar los papeles.

Trabajar con él tenía ventajas concretas. Vivía cerca de su casa y eso facilitaba encontrarnos para ir a los trabajos. Me ahorraba largos desplazamientos hasta un punto de reunión. Tenía pocas alternativas y desconocía qué condiciones encontraría en otro sitio. Dentro de lo que conocía, aquella me parecía la opción más eficiente.

Además, dentro de todo, me trataba bien. Le agradezco haberme dado trabajo. Para comprender por qué permanecí allí, también hay que tener en cuenta esas cosas.

Cobrar poco y esforzarme más para que no me reemplazaran

En nuestras conversaciones, mi jefe decía que si un trabajador no rendía o venía con exigencias, podía pasar por Plaza Elíptica y encontrar a otro. Había muchas personas interesadas en trabajar.

La plaza es un punto de encuentro para conseguir trabajo por jornadas. Un reportaje de 2021 recoge las esperas y experiencias de trabajadores allí, incluidos migrantes sin papeles.

Yo escuchaba aquellos comentarios y me sentía reemplazable. Mis estudios y las capacidades que desarrollara parecían pesar poco frente a la falta de documentos. Aunque estaba aprendiendo un oficio, veía pocas posibilidades de hacer valer lo que sabía para acceder a otras condiciones.

Mi respuesta era esforzarme un poco más.

Fíjate: sentía que me pagaban poco y, aun así, intentaba dar más para que no me reemplazaran. Perder ese ingreso, por pequeño que me pareciera, me obligaba a buscar otra manera de sostenerme con las pocas opciones que tenía.

Por eso es insuficiente mirar desde fuera y preguntar solamente por qué alguien acepta un trabajo así. También hace falta saber qué le costaría perderlo.

Descansar también dependía de saber si habría trabajo

Había momentos en los que estaba cansado y quería tomarme tres o cuatro días para descansar. Otras veces quería visitar a alguien o aceptar una invitación de amigos o familiares. Recuerdo haber dicho que no a la mayoría de esos planes durante el tiempo que trabajé con él.

Podía estar trabajando, pero también podía estar esperando a que me llamara. En ambos casos me costaba comprometerme a hacer otra cosa.

Lo que pensaba era que, si surgía un encargo y yo no estaba disponible, él encontraría a otra persona rápidamente y quizá no volviera a llamarme. Me preocupaba que decir que no dañara la relación laboral. No recuerdo haber rechazado trabajo para mantener un plan personal, así que tampoco puedo afirmar que esa consecuencia hubiera ocurrido.

La ocasión en la que sí sentía que podía organizar algo era cuando sabía que mi jefe se iba de vacaciones. Entonces tenía una certeza que normalmente me faltaba: sabía que durante esos días no iba a contar conmigo para trabajar.

La única ocasión que recuerdo en la que dije que no podía seguir fue cuando enfermé de COVID. Trabajé dos días enfermo. Al tercero ya no pude continuar y se lo dije allí mismo, en el trabajo. Fue comprensivo, me dijo que me recuperara y, cuando volví, todo siguió bien.

Recuerdo ese buen trato. También recuerdo que había llegado a encontrarme así de mal para decir que no podía trabajar. Fuera de aquella enfermedad, seguía organizando mis decisiones alrededor de estar disponible.

Una semana con poco trabajo también podía dejarme sin margen para organizar mi tiempo.

Conservar el empleo también pasaba por cuidar la relación

Intentaba hacer amena la compañía, conversar y construir una buena relación con él. Pensaba que esa cercanía podía ayudarme a conservar el puesto.

Lo acompañaba a medir pisos y preparar presupuestos: tareas relacionadas con los encargos, aunque en ese momento no estuviéramos acuchillando un suelo. También tomábamos café, íbamos a bares y visitábamos a sus amistades. Algunas veces lo acompañaba a planes o lugares donde yo no me sentía cómodo.

En esa relación había trato personal, agradecimiento y necesidad de trabajar. Recuerdo las tres cosas juntas.

Estar pendiente del empleo podía ocupar también el tiempo en que no estaba acuchillando un suelo.

Mi trabajo hacía falta; mi situación seguía sin resolverse

En los encargos que hacía con aquel autónomo trabajé en casas de policías nacionales, en iglesias de la Comunidad de Madrid y en un edificio público. Recuerdo sentir inseguridad en algunos de esos lugares por mi situación y por la posibilidad de una multa. No ocurrió nada.

Yo estaba allí haciendo un trabajo que alguien necesitaba. El cliente recibía el suelo terminado, mi jefe organizaba los encargos y yo conseguía ingresos para sostenerme. Podíamos terminar un trabajo y pasar al siguiente mientras mi situación documental seguía igual.

Ahí es donde encuentro la relación con los incentivos. Yo necesitaba que siguiera contando conmigo y trataba de asegurarme esa posibilidad mediante esfuerzo y disponibilidad. Él decía que podía encontrar a otra persona si un trabajador no rendía o venía con exigencias. Teníamos un interés común en sacar adelante los encargos, pero alternativas muy distintas si dejábamos de trabajar juntos.

Una investigación de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la UE ayuda a situar esa diferencia: recoge cómo la irregularidad puede reducir las alternativas y aumentar la dependencia del empleador. Estudia experiencias de explotación en ocho países, sin incluir España; aporta contexto al mecanismo, sin medir lo que ocurría en Madrid.

También me pregunto si aquellas condiciones podían abaratar los encargos. Es una posibilidad que no puedo demostrar: no tengo presupuestos comparables ni sé qué conocían los clientes sobre mi situación.

El propio preámbulo de la reforma de extranjería de 2022 reconocía que era razonable pensar que las personas habían trabajado irregularmente para sobrevivir durante los periodos de permanencia exigidos. Yo había vivido esa espera trabajando. Necesitaba que ese trabajo me permitiera dar un paso más.

Esperaba una ayuda que no llegó

Al acercarme a los tres años en España, entendía que necesitaba un precontrato para avanzar con los papeles. Esperaba que mi jefe quisiera ayudarme después del tiempo que llevábamos trabajando juntos.

Yo no quise pedírselo directamente. No quería obligarlo. Sentía que había aportado mucho esfuerzo y que había estado disponible cuando me necesitaba; confiaba en que esa relación pudiera abrir una posibilidad.

Recuerdo comentarios suyos cuestionando para qué quería los papeles. Mi familia sí le pidió el favor y después me transmitió que había dicho que no.

Así fue como supe que no podía contar con esa ayuda. En 2022 dejé el trabajo y busqué otro. Entré en una fábrica todavía sin papeles, donde el dueño sí me prometió un precontrato. La etapa que vino después fue muy difícil; la cuento en mi historia sobre los cuatro años sin papeles.

La cercanía de aquel empleo y el ingreso que me daba habían pesado mucho en mi decisión de quedarme. Cuando entendí que allí no llegaría la ayuda que esperaba, busqué otra oportunidad, con toda la incertidumbre que implicaba empezar de nuevo.

Poder contar con los días siguientes

De aquella experiencia me queda una pregunta: cómo facilitar que una persona que ya está trabajando pueda regularizar su situación sin que su futuro dependa tanto de que un empleador quiera colaborar.

Puedo agradecer el trabajo que recibí y reconocer que necesitaba otras condiciones. Conseguir encargos me permitía sostenerme, pero yo seguía sin saber cómo sería la próxima semana ni cuándo podría avanzar con mis papeles.

Por eso vuelvo a aquellas llamadas del domingo. De la respuesta quedaban pendientes cosas muy corrientes: descansar, aceptar una invitación, organizar los días siguientes. Esa era la parte de mi vida que también necesitaba poder decidir.

Fuentes consultadas

  1. Reglamento de extranjería, artículo 124: redacción histórica de 2018 — BOEConsultada el 4 de septiembre de 2026
  2. La plaza de los jornaleros urbanos — El Salto, 2021Consultada el 4 de septiembre de 2026
  3. Protecting migrant workers from exploitation in the EU: workers’ perspectives — FRA, 2019Consultada el 4 de septiembre de 2026
  4. Real Decreto 629/2022: preámbulo de la reforma de extranjería — BOEConsultada el 4 de septiembre de 2026

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