Hay una diferencia entre tener tiempo libre y tener a quién llamar

Hay días en los que descanso tres o cuatro jornadas seguidas y descubro que no sé a quién llamar para quedar esa misma tarde.

Podría salir a caminar, entrenar, apuntarme a una actividad o buscar un hobby nuevo. Todo eso puede tener sentido. Pero no es exactamente lo que echo de menos.

Lo que echo de menos es algo más simple: poder escribirle a alguien sin planearlo una semana antes. Preguntar: «¿qué haces hoy?». Ir a tomar algo, pasar por una casa, cruzarme con un vecino conocido o sentir que hay personas cerca que conocen parte de mi vida sin que tenga que explicarla desde el principio.

No es que no tenga amigos, conocidos o familia. Los tengo. Tampoco creo que la gente adulta deba estar disponible siempre. Todos trabajamos, tenemos responsabilidades, parejas, cansancio y planes propios.

Pero esa cercanía espontánea se volvió mucho más difícil de encontrar.

Durante los años de incertidumbre ni siquiera tenía demasiado espacio para notar esa pérdida. Mi atención estaba en trabajar, resolver papeles, sostenerme y no perder el poco margen que tenía. Más adelante llegaron los documentos, un empleo que me dio más tranquilidad y la posibilidad de hacer planes.

La estabilidad resolvió problemas reales. No devolvió automáticamente la cercanía que había dejado atrás.

Hay personas que llaman duelo migratorio a ese conjunto de pérdidas que puede acompañar un cambio de país. No lo uso como un diagnóstico ni como una explicación de todo lo que siento. Pero ponerle un nombre me ayuda a entender que mejorar la vida no obliga a dejar de notar lo que quedó lejos.

Algunas pérdidas se hacen visibles cuando deja de haber tanta urgencia

No lo noté el mismo día que mi vida empezó a ordenarse. De hecho, durante un tiempo seguí funcionando con costumbres heredadas de los años sin papeles y de los trabajos precarios: vivir con bajo perfil, no gastar demasiado, no pedir mucho, concentrarme en no poner en riesgo lo que había conseguido.

Esas costumbres tenían una razón. Me ayudaron a atravesar una etapa incierta.

Pero cuando la urgencia bajó, empezó a aparecer un silencio distinto. Ya no estaba resolviendo solamente lo inmediato. También apareció la pregunta de qué hacer con una vida que vuelve a estar disponible. Entonces pude mirar lo que antes quedaba cubierto por el cansancio: la distancia con mi familia, los amigos que no están a una llamada de distancia, la relación cotidiana con los vecinos y esa facilidad de coincidir que antes parecía normal.

Tener estabilidad no significa que una persona deje de sentir pérdidas. A veces significa que por fin tiene espacio para notarlas.

Eso no borra el valor de los documentos, del empleo ni de una vida más segura. Sería injusto minimizar lo que cambia poder planear, descansar o no vivir pendiente de la siguiente amenaza. Pero también sería falso exigir que esa seguridad responda todas las preguntas afectivas de una vida.

En otro texto escribí sobre tener una vida que funciona y todavía no sentirse en casa. Esta es una capa anterior a esa pregunta: antes de decidir dónde pertenezco, a veces necesito reconocer qué formas de cercanía ya no están disponibles como antes.

«Duelo migratorio» puede ser un nombre, no una etiqueta

Hay personas que utilizan la expresión duelo migratorio para hablar de las pérdidas que pueden acompañar a un cambio de país: vínculos, costumbres, idioma, estatus, lugares conocidos, formas de entender el humor o una versión de uno mismo que tenía sentido en otro contexto.

Me parece un concepto útil si se usa con cuidado.

No quiero convertirlo en una lista de etapas que todas las personas deban atravesar. Tampoco en una explicación automática para cualquier tristeza, soledad o duda. Cada llegada es distinta.

No vive la misma migración quien llega solo que quien llega con una pareja o con familia. Importan el país de origen, el idioma, la ciudad que recibe, la situación documental, la edad, el empleo, los recursos y la red que ya existe al llegar. Para algunas personas, la pérdida más fuerte puede ser la familia. Para otras, el reconocimiento profesional, la seguridad, la lengua o la libertad de ser quienes eran sin explicarse.

Y hay otra diferencia importante: no todo lo que duele después de emigrar se debe únicamente a emigrar.

Hacerse adulto también cambia las relaciones. El trabajo ocupa horas. Las agendas se llenan. Las ciudades hacen más largos los desplazamientos. Las amistades necesitan más intención de la que necesitaban antes. Sería demasiado cómodo culpar a España de cada distancia que siento, del mismo modo que sería demasiado simple decir que todo es una consecuencia inevitable de crecer.

En mi caso, las dos cosas se cruzan: la migración amplió la distancia con mi historia anterior y la vida adulta hizo más difícil crear una cercanía nueva de forma espontánea.

Echar de menos no es desagradecer lo que has conseguido

Durante un tiempo sentí algo parecido al desagradecimiento.

¿Cómo voy a decir que algo me falta si hoy vivo con más seguridad que hace unos años? ¿Cómo voy a hablar de soledad si tuve la oportunidad de regularizarme, de trabajar y de construir una vida más tranquila?

Pero agradecer lo que una vida ha mejorado no debería obligarnos a fingir que no ha tenido costes.

Puedo valorar profundamente la tranquilidad que tengo hoy y, al mismo tiempo, extrañar una conversación sin cita previa. Puedo saber que mi vida es más estable y echar de menos a un familiar, a un amigo o a un vecino. Puedo reconocer que emigrar me abrió posibilidades y no querer convertir esa decisión en una historia perfecta.

Las dos cosas pueden ser verdad.

La migración suele narrarse con finales muy rápidos: consiguió los papeles, encontró trabajo, se adaptó. Pero las relaciones, la familiaridad y la sensación de formar parte de una vida compartida no obedecen a un trámite ni llegan en una fecha concreta.

Tal vez por eso algunas personas descubren tarde lo que habían dejado atrás. No porque antes no les importara, sino porque antes no podían detenerse a mirarlo.

No necesito decidir hoy si esta sensación significa que fracasé

Cuando una migración ha costado tanto, es fácil convertir cualquier incomodidad en un veredicto: «me equivoqué al venir», «no sé adaptarme», «debería volver» o «debería estar agradecido y dejar de pensar en esto».

No creo que haga falta resolverlo de esa manera.

Reconocer una pérdida no obliga a regresar. Construir vínculos nuevos no exige olvidar a la gente que quedó lejos. Y no sentirme completamente instalado todavía no convierte en falso lo que sí he construido.

No tengo una fórmula para crear comunidad ni quiero decirle a otra persona que se apunte a una actividad, haga amigos o llame más a su familia como si eso resolviera una pérdida compleja. A veces ayuda volver con frecuencia a un lugar, compartir una actividad o cuidar una relación a distancia. Otras veces hace falta hablar con alguien de confianza o buscar apoyo profesional.

Lo importante, para mí, es no tratar esta sensación como una prueba de debilidad ni como una deuda de gratitud.

Migrar puede cambiar una vida para mejor y dejar, al mismo tiempo, preguntas que no se resuelven solo con vivir mejor.

La estabilidad me dio una vida más tranquila. No podía devolverme, por sí sola, la cercanía que había dejado atrás.

Fuentes consultadas

  1. Organización Mundial de la Salud · Salud mental de las personas refugiadas y migrantesConsultada el 30 de agosto de 2026

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