No tenía una vida académica ideal. Tenía un trayecto largo, unos auriculares y preguntas que no quería dejar morir.
En la etapa de la fábrica me levantaba cerca de las cinco y media de la mañana.
Entraba a las ocho. Para llegar caminaba y combinaba metro, Renfe y autobús. El trayecto podía acercarse a dos horas por sentido. A la una de la tarde comenzaba un descanso habitual de dos horas. Salía de la fábrica a las siete y llegaba a casa entre las ocho y media y las nueve de la noche.
Podía pasar cerca de quince horas fuera de casa.
Incluso si conseguía dormirme a las once, el margen de sueño rondaba las seis horas y media. Muchas noches me dormía a las once y media o a medianoche. Entonces quedaban entre cinco horas y media y seis horas antes de volver a levantarme.
Ese era el tiempo del que realmente disponía.
Muchas mañanas llevaba los auriculares puestos.
En los días anteriores buscaba vídeos sobre una pregunta que me interesara, los guardaba en una lista y luego los escuchaba durante el camino. Si iba andando, escuchaba. Si conseguía sentarme, también. No solía tomar apuntes. Intentaba comprender cómo explicaban una misma idea personas diferentes.
No lo hacía todos los días.
Algunas mañanas prefería escuchar música. Durante las dos horas del almuerzo en la fábrica, muchas veces dormía porque estaba agotado. Otras veces utilizaba parte de ese descanso para entrenar. Mi vida no era una demostración perfecta de disciplina.
Pero eran más los trayectos en los que intentaba aprender que los que dejaba pasar sin hacerlo.
¿Cómo estudias si trabajas todo el día?
La respuesta rápida suele ser: organízate mejor.
A veces ayuda. Otras veces ignora el problema real.
Estaba en la fábrica desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde y podía invertir cerca de cuatro horas más en los desplazamientos. Vivía sin papeles, compartía piso y no sabía cuánto tardaría en conseguir estabilidad. El tiempo no era la única limitación. También estaban el cansancio, el dinero, la incertidumbre y la necesidad de conservar el empleo.
No era verdad que solo necesitara administrar mejor las mismas veinticuatro horas que cualquier otra persona.
Había obstáculos reales.
La OCDE ha identificado el trabajo y las responsabilidades familiares entre las principales barreras que las personas adultas declaran cuando no pueden participar en formación relacionada con el empleo. Ese dato no explica mi vida ni significa que todas las personas atraviesen lo mismo. Sí ayuda a desmontar una idea peligrosa: que la falta de tiempo siempre es una excusa inventada.
Yo no podía construir una vida académica completa en aquel momento. Lo que hice fue buscar el margen que todavía tenía, sin fingir que alcanzaba para todo.
Durante mis cuatro años sin papeles intenté mantener vivas varias partes de mí. Aprender era una de ellas.
Una pregunta y varias voces
Mi forma de estudiar no empezaba por elegir a una persona y creer todo lo que dijera.
Empezaba por una pregunta.
Podía ser sobre entrenamiento, nutrición, inversión o cualquier tema que en ese momento sintiera conectado con la vida que quería construir. Buscaba a varias personas que hablaran de ello: algunas conocidas, otras no tanto. Escuchaba cómo razonaban y prestaba atención a los puntos en los que coincidían o se contradecían.
Era como tener varios profesores para una misma pregunta.
En aquel momento, que tres o cuatro personas llegaran a una conclusión parecida me parecía una señal importante. Después buscaba en Google explicaciones y evidencias que me ayudaran a comprobarla.
Hoy añadiría un matiz que entonces no siempre veía con la misma claridad: varias voces pueden repetir el mismo error o beber de la misma fuente. La coincidencia sirve para abrir una investigación. No demuestra por sí sola que algo sea cierto.
Mi método actual sería más preciso: escuchar versiones distintas, identificar qué afirmación concreta se repite, buscar la fuente original, revisar quién habla y con qué credenciales, comprobar los límites y solo después decidir qué puedo aplicar.
Esa precaución importa especialmente en asuntos de salud y dinero. Un vídeo convincente no sustituye evidencia fiable, una cualificación profesional ni el estudio de las circunstancias de cada persona.
Aprender no siempre significaba matricularme
Yo ya había terminado en Colombia una formación como tecnólogo en Negocios Internacionales en el SENA. No fui a la universidad porque no podía permitírmela sin asumir una deuda que no quería acumular.
Eso no me llevó a pensar que la educación formal no sirviera.
Me llevó a utilizar otras vías mientras no podía acceder a la formación que habría querido. La mayor parte de lo que estudiaba procedía de vídeos, pódcast y cursos gratuitos. Algunas veces también pagué plataformas o cursos cuando quería profundizar en un tema.
El precio no decidía automáticamente el valor.
Un contenido gratuito podía enseñarme mucho. Un curso pagado podía estar mal construido. Y una buena formación privada podía aportar conocimiento sin convertirse por eso en una acreditación oficial.
En España completé online una formación privada que combinaba coach deportivo y entrenador personal. Recibí un certificado de finalización emitido por la entidad, pero no era una acreditación profesional oficial reconocida en España.
Esa diferencia importa.
Aprender algo, terminar un curso y estar habilitado para ejercer una profesión regulada no significan lo mismo. En España existen procedimientos oficiales para acreditar determinadas competencias profesionales, explicados por TodoFP, pero cada actividad, título y situación debe revisarse por separado.
Yo aprendía aunque todavía no pudiera convertir cada conocimiento en un documento reconocido. No porque las acreditaciones fueran inútiles, sino porque sabía que llegar a ellas con una base construida podía facilitarme el camino cuando tuviera más tiempo y opciones.
Lo que aquellas horas no resolvieron
Escuchar un pódcast no acortaba el turno.
Un curso no cambiaba mi situación administrativa. Aprender sobre entrenamiento no eliminaba el cansancio. Comprender algo sobre dinero no hacía desaparecer la incertidumbre del mes siguiente.
Sería fácil mirar el resultado desde hoy y construir una historia demasiado limpia: estudié en el transporte, apliqué lo aprendido y mi vida mejoró.
No ocurrió así.
Hubo meses en los que aprendí y aun así mi vida empeoró. Hubo conocimientos que no utilicé durante mucho tiempo. Hubo vídeos que probablemente no me enseñaron nada y cursos que no cambiaron mis posibilidades. También hubo días en los que el margen disponible solo alcanzó para dormir durante el almuerzo.
Aprender no me sacó por sí solo de la fábrica.
Lo que hizo fue evitar que todo mi horizonte terminara dentro de ella.
Cuando salí de aquel trabajo y por fin tuve margen para parar, comprendí hasta qué punto estaba cansado. Recuerdo un periodo de unas dos semanas en el que prácticamente comía y volvía a dormir. Algunos días calculo que dormí entre catorce y dieciséis horas.
No conservo un registro de aquellas horas ni puedo afirmar cuál era su explicación médica. Es la forma aproximada en que recuerdo ese periodo: cuando desapareció la obligación de continuar, mi cuerpo pareció reclamar el descanso que yo llevaba mucho tiempo aplazando.
Una posibilidad que tardó en volverse visible
Después de dejar la fábrica en octubre de 2023, encontré aproximadamente dos semanas más tarde un empleo en el sector del fitness.
Durante el proceso presenté aquella formación privada como parte de mi perfil. Después, la empresa decidió contratarme. Nadie me dijo qué peso tuvo el certificado en esa decisión. Tampoco me dijeron que mi aspecto físico hubiera influido. Relacionar cualquiera de esas dos cosas con la contratación es una interpretación que hago hoy, no una explicación que me diera la empresa.
Lo que sí puedo afirmar es que llevaba años estudiando y aplicando parte de ese conocimiento. Podía hablar sobre entrenamiento con naturalidad, explicar lo que sabía y relacionarlo con experiencia práctica.
La formación, lo que había aprendido por mi cuenta, haberlo aplicado, la ayuda que recibí y la aparición de una oportunidad se encontraron en un momento concreto.
No hice un curso y recibí automáticamente un trabajo.
Durante años mantuve una capacidad que, mucho después, me permitió reconocer y aprovechar una posibilidad.
Con otros aprendizajes ocurrió algo parecido. Estudiar por mi cuenta me ayudó a tomar decisiones personales sobre dinero y a entender mejor los riesgos que estaba asumiendo. No voy a convertir este artículo en una recomendación de inversión ni a presentar mis resultados como una promesa. Lo importante aquí es otra cosa: algunas preguntas que escuchaba en el transporte siguieron acompañándome cuando por fin tuve margen para actuar con más calma.
El método que conservaría hoy
Si tuviera que traducir aquella experiencia en un proceso, no diría «aprovecha cada minuto». Diría algo más limitado:
- Empieza por una pregunta concreta. No intentes aprender una disciplina completa durante un trayecto. Decide qué quieres comprender mejor.
- Escucha explicaciones diferentes. Una sola voz puede darte claridad, pero también puede reducir el tema a su propia perspectiva.
- Utiliza el consenso como pista, no como prueba. Que varias personas repitan algo indica qué conviene comprobar.
- Busca la fuente original y revisa las credenciales. Cuanto mayor sea el riesgo de equivocarte, más importante es saber de dónde sale la afirmación y cuáles son sus límites.
- Aplica una versión pequeña cuando sea seguro. Una práctica permite descubrir qué entendiste y qué todavía no sabes. En salud, finanzas, derecho o actividades reguladas, una prueba personal no sustituye orientación profesional.
- Observa el resultado y corrige. Aprender no termina cuando entiendes una explicación. También consiste en reconocer cuándo estaba incompleta o no servía para tu contexto.
- Acepta que algunos días solo puedes descansar. Dormir durante el almuerzo no anulaba lo que había estudiado la semana anterior.
Este proceso no exige convertir todos los trayectos en una clase ni toda afición en una profesión. Aprender también puede tener valor sin producir dinero, una credencial o contenido para publicar.
Lo que esta historia no exige
No quiero terminar diciéndole a alguien que, si yo pude estudiar trabajando diez horas, esa persona también puede.
No conozco su salud, sus responsabilidades, sus hijos, sus cuidados, sus desplazamientos ni el tipo de trabajo que sostiene. Tampoco sé si ahora mismo necesita un curso o una noche completa de sueño.
Mi experiencia no demuestra que la adversidad enseñe mejor. Algunas capacidades las desarrollé durante aquella etapa, pero la misma precariedad también redujo mi energía, mi confianza y mis opciones.
Estudié en los huecos que encontré. No porque el sufrimiento fuera una buena universidad, sino porque no quería que la urgencia decidiera todo lo que todavía podía llegar a ser.
Durante mucho tiempo esas horas parecieron demasiado pequeñas para cambiar algo.
No estaba construyendo toda mi vida. Estaba manteniendo pequeñas partes de ella vivas.
Algunas tardaron años en mostrar para qué habían servido.
Fuentes consultadas
- Why is participation not more common? — Trends in Adult Learning, OECDConsultada el 26 de agosto de 2026
- Acreditación de competencias profesionales — TodoFPConsultada el 26 de agosto de 2026
Compartir esta lectura